Avanza el verano y prácticamente cada semana cuando alguien del pueblo fallece, es costumbre en esta localidad costera que el coche (supongo que del consistorio) con altavoces haga la ronda por las calles de la zona de playa anunciando la necrológica de aquél hombre o aquella mujer, viudo, viuda o no, que vivía en tal calle y que era padre o madre de aquél, aquella, aquellos o aquellas hij@s (sudo tinta con el lenguaje inclusivo), indicando cuándo y dónde será el entierro. En mayor o menor medida cada uno acompañaremos en el sentimiento a sus familiares y amigos.
Pero también hay que comer fruta en verano, y ¿cómo vamos a preparar ese plato de rabiosa actualidad que es el melón con jamón si no compramos melones? (Otro día ya trataremos el "de postre, pijama"). ¿Quién no ha oído esa dulce voz que declama susurrando por otros altavoces con una calidad de sonido que ya quisieran los "Beats by Dre" aquello de "¡Vengan mis parroquianas! ¡Tres melones, cinco euros!"... Así en bucle hasta que se agoten los melones. Que por cierto se ve que lo de comprar melones es sólo cuestión de mujeres, a los parroquianos ni se nos menciona.
Hete aquí el momento épico de cada verano que a mí me recuerda a alguna procesión del silencio de la Semana Santa: 30 grados a la sombra, 12 de la mañana, en una calle con dos sentidos de circulación giran a la vez, uno en cada sentido y desde esquinas opuestas, el coche consistorial (que no fúnebre) y la furgoneta repleta de melones. Cada cual con sus correspondientes decibelios, y ambos convocando a la gente para ir a la parroquia. Y aquí se produce la magia, igual que un día al año sucede en Stonehenge o en el Miguelete. Los dos vehículos bajan el volumen de sus equipos de megafonía en señal de mutuo respeto. No hay enfrentamiento por la religión, sólo concordia y consideración hacia la otra confesión.
Oigo el rachear de sus neumáticos por el tórrido asfalto, se palpa en el aire ese halo de lo espiritual. Los faros se miran de reojo y agachan la vista, los unos avergonzados de no respetar el dolor ajeno, los otros por no dejar que las parroquianas sean sabedoras de las suculentas ofertas.
Se cruzan a mitad de la calle, los retrovisores prácticamente rozan, se miran alejarse, los costaleros al volante aceleran el paso imperceptiblemente para alcanzar la distancia adecuada. Y cuando ese momento llega: "¡¡Al cielo con ella!!". Suben de nuevo las notas necrológicas y las melonías encadenadas.
Todo vuelve a ser normal.
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