No me apasionan los blogs de viajes y esta entrada tampoco pretende serlo, únicamente tengo la intención de compartir mi experiencia y si puede ser, provocar que alguien piense sobre ello, me rebata o me dé aunque sea, parte de razón.
Hace unos días volví de una ciudad que ya tuve la oportunidad de disfrutar hace prácticamente quince años. Ha llovido, aunque no tanto como nos gustaría para contrarrestar la sequía o amenaza de ésta, y es posible que precisamente por el paso del tiempo (que irremediablemente nos afecta tanto a mí como a la ciudad), o por la evolución -o involución- del mundo, o vaya usted a saber por qué, no haya percibido las mismas sensaciones que en 2009. Ni mejores ni peores; diferentes.
Con los años he aprendido a no generar unas expectativas muy altas y evitarme así el chasco si no se cumplen (o encontrarme con el "subidón" si se superan), así que no tenía más objetivo ni pretensión que disfrutar del tiempo libre con la familia en este destino.
No diré que me decepcionó, porque estaría mintiendo, pero sí que hubo muchas situaciones que me hicieron reflexionar. Tengo la mala costumbre de intentar "vivir" en los sitios que visito, puesto que esto me permite empaparme bien del contento o descontento de la gente con sus situaciones personales, familiares o con el momento socio-político que les haya tocado vivir. Considero que esto es la parte que hace mágico el viajar. Es muy posible que lo que aquí os cuento sea también aplicable a muchas otras grandes ciudades, estoy seguro.
Esta ciudad tiene fama de hermosa y de bohemia aunque la realidad que yo vi es que es majestuosa, sí, pero inaccesible en varios aspectos: El primero, su tamaño, sus distancias. Es inmanejable incluso en metro para un "currela" de extrarradio que tiene que ir al centro y volver a su casa al menos cinco días a la semana. No hablemos ya de tener un coche y aparcar en la zona más chic de la urbe, porque nos lleva al segundo aspecto, el económico. Que una cerveza, un refresco o un café con leche cuesten 5 euros da una idea de lo prohibitivo que es el ocio "legal" y que se llegue a ver casi normal que haya gente con botellas de vino y copas -de plástico, eso sí- en el metro o en los jardines (punto muy a favor, por cierto, para estos inmensos y bien cuidados jardines repartidos por toda la ciudad). Y pasamos al concepto bohemio, donde en el ambiente de hace siglo y medio quien podía seguir el ritmo entre absenta y absenta, lo seguía y el que no, se lo llevaba la de la guadaña. Esta "bohemiez" ha derivado en mucho individuo alcoholizado, que aunque no suponen un peligro para la ciudadanía, sí que son un problema a resolver. No porque molesten, sino para posibilitar su reintegración. También la idealización de la vida bohemia ha desencadenado una especie de parque de atracciones en forma de restaurantes a la caza del turista o de tiendas de souvenirs que estimulan constantemente el deseo de comprar.
Entiendo que ya sabes que hablo de París, una capital donde paseas al lado de un hotel de cinco estrellas con todo su lujo y uno de los trabajadores te mira mal porque vas vestido con vaqueros y sudadera, mientras él viste traje y corbata (me lo imagino vestido de pajarita en su palacio de extrarradio de 30 metros cuadrados yendo a currar en metro después de tres transbordos y me da la risa). Pero también una capital donde la dueña de la panadería - cafetería donde desayunamos tres días, es capaz de hablar contigo de su origen, de discutir sobre fútbol o de quién se parece más a quién en la familia. Sin mirar por encima del hombro a nadie. Con más clase que aquél individuo del hotel cinco estrellas.
Sus amplias avenidas y hermosos edificios, llenos de historia y de historias también magnificadas por la literatura, el cine y últimamente las series no provocan más que caminar con la boca abierta y hacer que inevitablemente viajes en el tiempo para poder imaginar cómo se llevaron a cabo distintas construcciones (véase el museo del Louvre, Notre Dame o más recientemente, la Torre Eiffel) o cómo se vivía, siempre imaginando que pertenecías a los estamentos altos de la sociedad, en esas épocas doradas.
El metro merece un párrafo propio, una red que conecta la ciudad de extremo a extremo perfectamente y con una frecuencia de paso alucinante, que ya la quisiera yo para mi ciudad. Con la cuarta parte me bastaba. Insisto, conecta la ciudad perfectamente...sobre el papel. Porque la realidad es que si eres una persona mayor, con dificultades de movilidad, vas en silla de ruedas, llevas muletas o estás paseando a tu hij@ en el carrito, todas las ventajas de un transporte limpio (por sus bajas emisiones, no por muchas de las personas que en él viajan, como en tantas otras ciudades) se convierten en un problema. Un hormiguero de túneles a distintas alturas que solo se pueden salvar subiendo y bajando escaleras suponen un hándicap considerable para una parte de la población, apenas ascensores y lo de las rampas algo inimaginable. Otra circunstancia que fue novedosa para mí fue el hecho de que había metros sin conductor (investigaré cómo se gestiona esto, porque es interesante), pero además en las paradas de las líneas donde no había nadie al frente del convoy, las vías estaban protegidas por paredes de cristal con puertas correderas que a la llegada del metro coincidían con las del vagón y se abrían a la par. Un avance...o no. Si lo tomamos por la parte de automatizar, pues bien -o no, por suprimir puestos de trabajo -, pero si lo observamos desde el lado más oscuro, la lógica me lleva a pensar que está así con tal de evitar bien suicidios o bien ataques (empujones a la vía). Triste que tengamos que llegar a este punto. Y triste que te tengan que avisar sobre los carteristas en este medio de transporte.
La ciudad caníbal, así la vi. No desde un punto de vista como visitante ocasional sino poniéndome en la piel de alguien que viva y trabaje en París. Una ciudad que te va comiendo y consumiendo poco a poco hasta que por hartazgo, por vejez o por impedimentos físicos, te aparta de ella. Ya no eres carne fresca.
Y hablando de carne, hay algo que sí que envidio profundamente, la resistencia de los comercios tradicionales y locales frente a las grandes superficies comerciales. Carnicerías, pescaderías, pastelerías, heladerías o panaderías siguen demostrando al mundo que el comercio de proximidad puede y debe ser una realidad comercial viable para las ciudades.
Desde la perspectiva de un turista todo es diferente, pagas, ves, disfrutas y te vas. Hasta la vista. O no. Es fascinante estar debajo de la Torre Eiffel y contemplar su altura, su reparto de peso y pensar en lo bien que aguanta el paso del tiempo, y es fascinante subir y contemplar la ciudad a tus pies adivinando las avenidas e imaginando la cantidad de situaciones que la gente, parisina o no, está viviendo en ese mismo momento a cinco quilómetros a la redonda desde tu ubicación.
Podría extenderme y hablar de gentrificación, pero no lo haré para hacer digerible el texto. Podrás pensar que soy un hater de París por los párrafos arriba escritos, pero nada más lejos de la realidad. Me gusta y me gustaría visitarla de nuevo y conocer rincones y monumentos que aún no he tenido la oportunidad de ver detenidamente, pero veo en París el reflejo de lo que le puede pasar a muchas ciudades y duele. Podrás pensar también que he sido parte de esa gentrificación, y no te faltaría razón.