miércoles, 21 de febrero de 2024

La del bar

 Dos días a la semana recojo a mi hija de su ensayo. Al ser relativamente tarde no me da confianza que con su edad vaya sola por la calle, y eso me permite recrearme en escenas cotidianas.

Cada uno de esos días paso por la puerta de un bar, otrora gestionado por algún paisano nuestro, que ahora regenta una persona china (es curioso que si dijera "lo regenta una china" la frase adquiriría un tono casi despectivo, pero si digo "lo regenta una persona china", el tono es prácticamente neutral, pero las curiosidades del lenguaje son harina de otro costal y que ya trataré en otro momento). Un bar que siempre tiene a sus cuatro o cinco fieles parroquianos, muy adictos a la cerveza a la hora y en el día que sea. Rara vez se deja ver alguna parroquiana, aunque también las he visto.

Me gusta imaginar qué puede llevar a estas personas a elegir estar un día entre semana a esas horas en ese preciso local de barrio. ¿Será el deseo de mitigar la soledad? ¿Será querer huir de los problemas? ¿Será el precio de la cerveza? ¿O quizá poder contarle a alguien el largo día de hastío que han pasado a un receptor que pueda al menos responder "vaya mierda de vida" y brindar aun así con un quinto? Porque aquí la gente es de quinto, que el tercio se calienta. Y sin copa. O quizá estén allí porque no es una elección, sino la única opción. Porque las estrellas Michelin aquí quedan muy lejos, casi en otra galaxia.

Contado así, como lo cuento, parecerá que estas personas tengan poco que aportar a nadie, habitantes de extrarradio de la sociedad. Sin embargo, el último día que pasé por la puerta del bar, me llevé una agradable sorpresa.

La china (persona china) terminaba de fregar el suelo del bar, apagaba cafetera y luces, recogía el dinero que pudiera haber en caja y se disponía a cerrar. Fuera le esperaba su parroquia, algunos aún cerveza en mano después de haber contribuido con alguna monedilla al cepillo de Turia, Amstel o San Miguel, y yo no entendía muy bien el por qué de aquella reunión. Entre todos hicieron un corro, un semicírculo donde nuestra amiga china era el punto equidistante a cada punto del semicírculo. Un escudo, una pantalla humana que protegía a la china de cualquier peligro o cualquier asaltante con malas intenciones.

De algún modo estas personas se alían en este rito nocturno para proteger a quien les da abrigo en ciertas noches. No sé muy bien si por interés propio, si por condescendencia para con la mujer del bar o una combinación de ambas. Me quedo con que contrariamente a lo que se pudiera pensar, estos parroquianos son buena gente y velan, a su manera, para que el mal no triunfe.