Vaya por delante que todo esto no hubiera sido posible sin el apoyo en casa y sin los sacrificios, logísticos o de otra índole que han hecho, en especial "la mami".
Me costó dormirme anoche, es lo que sucede cuando no saber qué va a pasar al día siguiente. Miras el recorrido, repasas mentalmente tus entrenamientos, tus puntos fuertes, tus puntos débiles...
Me he despertado como un niño el día de reyes, inquieto, nervioso esperando mi regalo.
Tras el desayuno y el encuentro con los demás corredores para estirar y calentar ha llegado el momento, me he metido en el cajón del tiempo que tenía previsto. Muy ambicioso para lo que podía haber preparado la carrera.
Y a partir de ahí "la soledad del corredor de fondo". Observas el ritmo de los demás al principio, te intentas encontrar contigo mismo, con tu ritmo para saber que puedes ir un poco más allá de tu zona de confort. El principio ha sido lento, había mucho tapón que impedía mantener una cadencia fija.
Primer@s animador@s, la triple A - Álex, Antoine y Adriana. Aunque pronto, se agradecen los ánimos.
Primeras batucadas y comisiones falleras animando, una pena que mientras corres no tengas tiempo de parar a agradecerles el esfuerzo. Desde aquí mi reconocimiento a todas. Y primer avituallamiento, agua. Era lo único que necesitaba pues tenía la boca seca, me había colado en un grupo a un ritmo algo superior de lo que había entrenado, pero estaba cómodo. Sabía que "mi momento" llegaría en el km13 ó el 14.
Mención especial a esa comisión en Blasco Ibáñez que todos uniformados de "All black" hacían el "haka", subidón de adrenalina para todo el mundo seguro. Más agua y bebida isotónica (en vaso), que mientras corres es algo incómodo, pero te las ingenias.
Final de Blasco Ibáñez hasta Naranjos y Dr. Lluch mientras vas observandotodos los carteles de ánimo de pequeños y mayores, y los vas haciendo tuyos; no los conoces de nada pero piensas que te los han escrito a ti. Ves a los niños que extienden sus manos para que l@s que corremos se las choquemos y no sé a quién le hace más ilusión chocar, si a ellos o a mí.
Paso cerca de meta, mientras entran ya l@s primer@s. Tu cerebro debe ser fuerte para asimilarlo, aplaudes y está superado. Vamos a por la mitad de carrera, ahí está la triple A de nuevo. En ese momento aún hay fuerzas de sobra, curva a la izquierda para encontrar a la familia. Rosalía, mi mujer en posición preferente con las dos pequeñas María y Lola. Nuevo subidón de adrenalina para mí y tranquilidad para ell@s.
Afrontamos la parte dura, la subida al puente puede parecer corta pero "te mata", cuesta recuperar el ritmo. La calle de la Paz, San Vicente, Colón y Xàtiva han sido donde la gente más se ha volcado, cada "¡vamos campeones!", "¡ya lo tenéis!" (km 16 aún) eran un empujoncito de dos metros hacia la meta.
L@s voluntari@s poniendo Reflex a quien lo necesitaba -chapeau para todos ellos también-, hecho que impacta porque piensas "también me puede pasar a mí". Noto que bajo el ritmo, el cansancio hace mella en las piernas, pero el cerebro me dice que ya me "he comido" más de tres cuartos de recorrido y que sería una lástima echarlo todo a perder.
Quedan 3 km, las piernas pesan, la gente se vuelca y empiezo a ver a l@os primeros que han abandonado el trote para seguir andando; quieres darles ánimos pero tus fuerzas van al límite.
Solo pienso en puntos de referencia más cercanos que la meta, el km 19 es para la familia de nuevo, Rosalía, María y Lola, paso pensando que esto ya está, pero mis piernas quieren convencerme de lo contrario. Lo supero y vamos a por el 20, una vez ahi todo esta hecho, no hay que parar ni de correr ni de disfrutar.
Pancarta de último km, ¡vaya metros más largos! He superado las 2h, una pena. Giro a la izquierda, la triple A de nuevo y la muralla de arcos que indican que ya está, que ha valido la pena y que al final...todo es cuestión de proponérselo.
Repongo fuerzas y líquidos y voy rápido a por el móvil para saber cómo le había ido al resto. Todos han terminado, al final todos contentos.
Si quieres, puedes.
domingo, 22 de octubre de 2017
domingo, 8 de octubre de 2017
La minoría silenciosa. Ejemplo de superación.
No. Ésta no es otra entrada más acerca del independentismo. Si te ha desilusionado, lo siento. No te cortes en dejar de leer; si crees en las historias de superación, puedo añadir otro granito de arena a esa larga lista de lecturas y ejemplos que ya tienes en la cabeza.
Eran las 7.30 de la mañana y he salido a correr para poco a poco ir cruzándome con más y más gente que andaba, corría o iba en bicicleta. A todos les (nos) unía algo: el afán de superación, el esfuerzo por ir un poco más lejos o llegar un poco antes. No por un premio, no por ganar, simplemente por sabernos vencedores contra nuestros miedos y barreras autoimpuestas.
Quien me conoce hace mucho tiempo sabe que siempre he practicado deporte. Recuerdo entrenar para la "Volta a Peu" en el patio del colegio con 8 ó 9 años. Recuerdo haberla corrido y ponerme la camiseta al día siguiente como mandaban los cánones. Hasta que dejé de hacerlo. Algún partidillo suelto y poco más. Nada serio ni continuado.
La grasa y el anquilosamiento se iban apoderando de mí a la vez que la pereza. Pero me dije a mí mismo que después de todo lo que había disfrutado practicando deporte no podía detenerme como si nada, así que lo más fácil y rápido era ponerse a correr. Y así lo hice. Móvil en mano para medir tiempo y distancia, salía un día y recorría 1 kilómetro con la lengua fuera y la sensación de que había sido eterno. Salía otro y alcanzaba los 2 kilómetros arrastrándome física y mentalmente, pensando que cómo era posible que no pudiera llegar a correr sin agotarme en esa distancia. Hasta que decidí dejarlo. Aquello no era para mí.
Pasó el invierno, primavera y llegó el verano, pero hete aquí que en unas vacaciones me dieron dos mareos fuertes que me tuvieron una semana k.o. Después de las pruebas se descartó que fuera nada serio, pero el especialista me indicó que era recomendable que practicara deporte.
Lo primero que me vino a la cabeza fue la sensación de hundimiento después de los últimos dos kilómetros corriendo. Lo segundo fue que no quería volver a pasar por aquella sensación de mareo ni tener que hacer pasar a mi familia por aquello de nuevo. Aún hoy recuerdan con angustia aquél capítulo. Y lo tercero, aunque parezca broma, fue la frase de Arguiñano "A los 40 o te cuidas, o te descuidas".
Así que poco a poco me metí en la cabeza que un día hacía un quilómetro y paraba. Otro hacía 1.200 metros y paraba...y así hasta que me inscribí en la primera 10k. ¡10 K! ¡A mis casi 40 años! ¡Después de ahogarme "corriendo" 2 km! Había que ponerse metas, nunca mejor dicho, para cumplirlas.
Fueron cayendo los 4, los 5, los 6, 8 km. y finalmente el primer entrenamiento donde completé los 10, recuerdo además que lo hice en el mismo terreno donde me hundía mentalmente dos años atrás.
Llegaron mejoras de tiempo, carreras de 15k y una recuperación considerable del estado de forma. Pero lo más importante sin duda alguna fue el fortalecimiento mental. Si empezaba fuerte, saber parar; si empezaba flojo, saber aumentar el ritmo. Ser consciente de hasta dónde puedes llegar. Controlar las piernas con el cerebro más allá del peso del cansancio o de la distancia que quede. Ese manejar la situación cuando ves que todos te adelantan y no hundirte, no pensar que eres peor que nadie sino pensar que cada un@ de los que te adelanta tiene una historia detrás que le exhorta a conseguir un tiempo, una distancia, una meta.
En mi caso no es más meta que demostrarme que puedo llegar, que puedo aguantar y que puedo seguir creciendo mentalmente.
En el caso del hombre que caminaba a su ritmo con la camiseta empapada en sudor, su meta es bajar el colesterol aunque sea a costa de horas de sueño.
En el de la mujer que corre sola 5 km. disfrutar del aire fresco del que no puede gozar entre semana por culpa de su estresante trabajo.
Para el grupo de camisetas amarillas, incondicional a su cita, rascar un segundo en cada kilómetro. Contarse las penas y alegrías, estrechar lazos.
Habrá quien piense que todos los que corremos somos unos "flipaos", no voy a negar que los hay, pero estoy seguro de que la inmensa minoría corre por superarse física y mentalmente.
Eran las 7.30 de la mañana y he salido a correr para poco a poco ir cruzándome con más y más gente que andaba, corría o iba en bicicleta. A todos les (nos) unía algo: el afán de superación, el esfuerzo por ir un poco más lejos o llegar un poco antes. No por un premio, no por ganar, simplemente por sabernos vencedores contra nuestros miedos y barreras autoimpuestas.
Quien me conoce hace mucho tiempo sabe que siempre he practicado deporte. Recuerdo entrenar para la "Volta a Peu" en el patio del colegio con 8 ó 9 años. Recuerdo haberla corrido y ponerme la camiseta al día siguiente como mandaban los cánones. Hasta que dejé de hacerlo. Algún partidillo suelto y poco más. Nada serio ni continuado.
La grasa y el anquilosamiento se iban apoderando de mí a la vez que la pereza. Pero me dije a mí mismo que después de todo lo que había disfrutado practicando deporte no podía detenerme como si nada, así que lo más fácil y rápido era ponerse a correr. Y así lo hice. Móvil en mano para medir tiempo y distancia, salía un día y recorría 1 kilómetro con la lengua fuera y la sensación de que había sido eterno. Salía otro y alcanzaba los 2 kilómetros arrastrándome física y mentalmente, pensando que cómo era posible que no pudiera llegar a correr sin agotarme en esa distancia. Hasta que decidí dejarlo. Aquello no era para mí.
Pasó el invierno, primavera y llegó el verano, pero hete aquí que en unas vacaciones me dieron dos mareos fuertes que me tuvieron una semana k.o. Después de las pruebas se descartó que fuera nada serio, pero el especialista me indicó que era recomendable que practicara deporte.
Lo primero que me vino a la cabeza fue la sensación de hundimiento después de los últimos dos kilómetros corriendo. Lo segundo fue que no quería volver a pasar por aquella sensación de mareo ni tener que hacer pasar a mi familia por aquello de nuevo. Aún hoy recuerdan con angustia aquél capítulo. Y lo tercero, aunque parezca broma, fue la frase de Arguiñano "A los 40 o te cuidas, o te descuidas".
Así que poco a poco me metí en la cabeza que un día hacía un quilómetro y paraba. Otro hacía 1.200 metros y paraba...y así hasta que me inscribí en la primera 10k. ¡10 K! ¡A mis casi 40 años! ¡Después de ahogarme "corriendo" 2 km! Había que ponerse metas, nunca mejor dicho, para cumplirlas.
Fueron cayendo los 4, los 5, los 6, 8 km. y finalmente el primer entrenamiento donde completé los 10, recuerdo además que lo hice en el mismo terreno donde me hundía mentalmente dos años atrás.
Llegaron mejoras de tiempo, carreras de 15k y una recuperación considerable del estado de forma. Pero lo más importante sin duda alguna fue el fortalecimiento mental. Si empezaba fuerte, saber parar; si empezaba flojo, saber aumentar el ritmo. Ser consciente de hasta dónde puedes llegar. Controlar las piernas con el cerebro más allá del peso del cansancio o de la distancia que quede. Ese manejar la situación cuando ves que todos te adelantan y no hundirte, no pensar que eres peor que nadie sino pensar que cada un@ de los que te adelanta tiene una historia detrás que le exhorta a conseguir un tiempo, una distancia, una meta.
En mi caso no es más meta que demostrarme que puedo llegar, que puedo aguantar y que puedo seguir creciendo mentalmente.
En el caso del hombre que caminaba a su ritmo con la camiseta empapada en sudor, su meta es bajar el colesterol aunque sea a costa de horas de sueño.
En el de la mujer que corre sola 5 km. disfrutar del aire fresco del que no puede gozar entre semana por culpa de su estresante trabajo.
Para el grupo de camisetas amarillas, incondicional a su cita, rascar un segundo en cada kilómetro. Contarse las penas y alegrías, estrechar lazos.
Habrá quien piense que todos los que corremos somos unos "flipaos", no voy a negar que los hay, pero estoy seguro de que la inmensa minoría corre por superarse física y mentalmente.
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