Las preparo para lo que viene; ensayamos lo que va a suceder. Lo toman con resignación.
Aún aprieta el calor a primera hora de la mañana cuando salimos de casa después del ritual que precede a la ceremonia. Por el camino las ruedas levantan polvareda y la gente cubre sus rostros para protegerse. Miradas esquivas que aun solidarizándose, no quieren ser cómplices del atropello que se avecina.
Se abre el doble portón en el lugar y hora indicados cuando aparece el sheriff con su cara cubierta y sus dos pistolas en ristre, una en cada mano. Y va apuntando a la frente de l@s niñ@s disparando sin piedad. Mientras una se recarga, la otra dispara. Uno detrás de otra; otro detrás de una. No hay piedad. No se salva nadie. Mis hijas esperan y apenas me miran - no sé si por vergüenza o por incomprensión de la situación - mientras avanza el pelotón, no hay palabra que consuele ya.
Lo peor de todo es que los menores saben a dónde van y no amagan si quiera con echar a correr. Sonríen incluso en su fila de a uno. Los percibimos como una ofrenda a los dioses después de haberlos tenido en nuestro regazo tanto tiempo.
Es el mal de nuestro tiempo: la nula piedad para con el prójimo, ni con el próximo ni con el primogénito. Y allí están los padres y madres impertérritos, observando como sus hij@s pasan el umbral. Nadie llora, nadie grita. Los adultos hemos perdido el oremus. Como mucho hay alguien que tras ver la escena con su vástag@ como protagonista acelera el paso y se aleja. No sabemos si a llorar. No hay reproches a la autoridad, tod@s acatamos la ley. Algun@s cabizbaj@s, otr@s erguid@s derrochando honor, van pasando las criaturas al purgatorio. Herodes se regocijaría con la estampa.
Van cayendo. Un@ a un@. Ni una gota de sangre. Tiros limpios y estudiados, todo con silenciador para hacer más llevadera la tortura.
Es lo que presenciamos cada mañana en el desembarco de nuestr@s hij@s en el colegio. La medición de temperatura antes de la jornada lectiva, aunque necesaria, hace recordar tiempos en los que las ejecuciones no eran - por desgracia - con infrarrojos sino con armas de verdad. De las que matan. En este caso también hay armas, pero preventivas, que permiten (o permitirían) evitar muertes.
A la hora de salir se abren las compuertas y también con orden sale un torrente de escolares que sus familiares recogen para mañana volver a repetir cada paso. Es aburrido y monótono, aunque necesario.






