Final agosto de 2020, llevamos prácticamente 9 meses de pandemia, 5 desde el primer estado de alarma que he conocido en mi vida y unos 3 desde que empezaron las fases de la desescalada.
Voy a comprar a un negocio pequeño porque me hacen falta dos o tres cosas. Veo gente haciendo cola en la calle y pregunto quién es la última, me responden y espero prudentemente manteniendo la distancia de seguridad. Salen cuatro personas y entran tres, avanzo y soy el primero en la cola, pero como aún veo demasiada gente dentro del local para lo que yo entiendo es un aforo reducido, sigo esperando estoicamente al sol hasta que salga al menos una persona.
De repente por mi izquierda dos personas acelerando cual piloto de fórmula uno, realizan una maniobra e intentan acceder al comercio (para acelerar también la recuperación del comercio de proximidad, si no no se entiende) o quizá para huir del calor que al resto no nos afecta. Y cuando están a punto de cruzar el linde y ya vislumbran la bandera de cuadros, mi yo frustrado como juez de carrera les espeta "¡Perdonen, que la cola está aquí y yo soy el primero en cuanto salga alguien, que dentro hay mucha gente!".
- ¡Ay, ¿sí?
-... (mueca por debajo de la mascarilla y zasca en todos los morros).
Salen tres personas y entro, voy raudo a por lo que necesito porque me agobia cada vez más estar en espacios cerrados con más gente (bueno, y por algo que he oído del coronavirus). Me pongo en la fila única en un pasillo estrecho, y de ahí quien llega a la línea de cajas va a una o a otra. Todos estamos mirando a las cajas con una distancia entre nosotros más o menos razonable. Si algo bueno ha traído esta pandemia es que ya no tendré que soportar más a esas personas que clavan el brick de leche en mi espalda. Un momento, no estamos todos mirando hacia la caja, hay una chica de unos 35 años que h decidido que ir hasta el último lugar de la fila es mucho trabajo y que es mejor esperar de espaldas a las cajas y en paralelo a la fila que el resto de inútiles formamos.
La chica, otra chica, que va delante de mí y gracias a su camiseta de tirantes deja ver unos tatuajes tipo manga en los brazos la mira. No sé si con superioridad, con ganas de intimidar o haciendo ver que ya está hasta el pirri, que no tiene, de gente - gentuza - como esta tipeja.
Avanza la cola y caigo en que se me han olvidado las manzanas, pero no voy a dejar mi lugar, ya volveré otro día o comeré otra fruta. La ínclita sigue sin moverse del sitio, y mientras veo a dos mujeres mayores con la mascarilla en la papada, todo muy correcto. Avanzo y me quedo a la altura de esa mema que no ha hecho ni el mínimo gesto para hacer como los demás.
Me pienso si decirle que no está actuando de forma correcta o callar. Decido callar, es más la energía que consumiría enfrentándome a ella que no haciéndolo.
Pago, con tarjeta y detrás de la mampara, y me voy. Me voy pensando. ¿Cómo es posible que después de tantos casos, tantas muertes, tanta información disponible... aún haya catetos de esta índole? Así esto no acabará nunca.
Quizá sean de la secta de Miguel y fans de la "plandemia", quizá sólo sean ignorantes.
Si seguimos así, ¿hasta cuándo?