jueves, 27 de agosto de 2020

¿Hasta cuándo?

Final agosto de 2020, llevamos prácticamente 9 meses de pandemia, 5 desde el primer estado de alarma que he conocido en mi vida y unos 3 desde que empezaron las fases de la desescalada. 

Voy a comprar a un negocio pequeño porque me hacen falta dos o tres cosas. Veo gente haciendo cola en la calle y pregunto quién es la última, me responden y espero prudentemente manteniendo la distancia de seguridad. Salen cuatro personas y entran tres, avanzo y soy el primero en la cola, pero como aún veo demasiada gente dentro del local para lo que yo entiendo es un aforo reducido, sigo esperando estoicamente al sol hasta que salga al menos una persona.

De repente por mi izquierda dos personas acelerando cual piloto de fórmula uno, realizan una maniobra e intentan acceder al comercio (para acelerar también la recuperación del comercio de proximidad, si no no se entiende) o quizá para huir del calor que al resto no nos afecta. Y cuando están a punto de cruzar el linde y ya vislumbran la bandera de cuadros, mi yo frustrado como juez de carrera les espeta "¡Perdonen, que la cola está aquí y yo soy el primero en cuanto salga alguien, que dentro hay mucha gente!".

- ¡Ay, ¿sí?

-... (mueca por debajo de la mascarilla y zasca en todos los morros).

Salen tres personas y entro, voy raudo a por lo que necesito porque me agobia cada vez más estar en espacios cerrados con más gente (bueno, y por algo que he oído del coronavirus). Me pongo en la fila única en un pasillo estrecho, y de ahí quien llega a la línea de cajas va a una o a otra. Todos estamos mirando a las cajas con una distancia entre nosotros más o menos razonable. Si algo bueno ha traído esta pandemia es que ya no tendré que soportar más a esas personas que clavan el brick de leche en mi espalda. Un momento, no estamos todos mirando hacia la caja, hay una chica de unos 35 años que h decidido que ir hasta el último lugar de la fila es mucho trabajo y que es mejor esperar de espaldas a las cajas y en paralelo a la fila que el resto de inútiles formamos.

La chica, otra chica, que va delante de mí y gracias a su camiseta de tirantes deja ver unos tatuajes tipo manga en los brazos la mira. No sé si con superioridad, con ganas de intimidar o haciendo ver que ya está hasta el pirri, que no tiene, de gente - gentuza - como esta tipeja.

Avanza la cola y caigo en que se me han olvidado las manzanas, pero no voy a dejar mi lugar, ya volveré otro día o comeré otra fruta. La ínclita sigue sin moverse del sitio, y mientras veo a dos mujeres mayores con la mascarilla en la papada, todo muy correcto. Avanzo y me quedo a la altura de esa mema que no ha hecho ni el mínimo gesto para hacer como los demás. 

Me pienso si decirle que no está actuando de forma correcta o callar. Decido callar, es más la energía que consumiría enfrentándome a ella que no haciéndolo. 

Pago, con tarjeta y detrás de la mampara, y me voy. Me voy pensando. ¿Cómo es posible que después de tantos casos, tantas muertes, tanta información disponible... aún haya catetos de esta índole? Así esto no acabará nunca.

Quizá sean de la secta de Miguel y fans de la "plandemia", quizá sólo sean ignorantes.

Si seguimos así, ¿hasta cuándo? 

lunes, 24 de agosto de 2020

Palabras sincronizadas

Quien me conozca un poco sabrá que me gustan los juegos de palabras y jugar con las palabras. Me sigue fascinando que seamos la única especie en la Tierra capaz de representar con símbolos el idioma que hablemos y al mismo tiempo me da por pensar que si los delfines del Mediterráneo serán capaces de entenderse con los del Pacífico en su idioma, si tendrán dialectos, idiolectos... 

Al mismo tiempo siento la necesidad de darle nombre a distintas situaciones, acciones u objetos que, desde mi ignorancia, carecen de una expresión en castellano o valenciano. Intentaré explicar una de esas situaciones y con algo de suerte conseguiré aproximarme a darle nombre. 

Muchas veces voy conduciendo y pensando en asuntos tan profundos como si para los terraplanistas la tierra acaba en un terraplén y entonces deberían hacerse llamar terraplenistas... O debatiendo conmigo mismo temas de más calado que no vienen al caso. Y entre cambiar de cuarta a quinta o reducir de marcha a la vez que piso el embrague -no, mi coche no es automático- pasa por mi cabeza alguna palabra que no es de las que más se utilice habitualmente, por ejemplo "molino", y mientras adelanto a ese camión observo que en la lona lleva la fotografía de un molino y la marca de queso que transporta es "Molinos de Castilla" (invent!). 

Lo primero de todo es analizar la cantidad de cosas que se pueden hacer y pensar en apenas veinte segundos; lo segundo es ser consciente de cuánto cuesta describir esos segundos sin que se haga pesado y lo tercero y último es entender qué extraña coincidencia propicia que yo piense en una palabra y al momento ésta se materialice en forma de imagen, texto o sonido si es pronunciada por algún/a locutor/a a través de la radio. 

Para mí, una buena manera de llamar a este tipo de episodios sería "Sincronomía". De sincro (simultáneamente, al mismo tiempo), y ónoma (nombre). 

Recuerdo que de pequeño, si dos personas pronunciábamos la misma palabra a la vez, el primero que decía "Filipinas" tenía el privilegio de silenciar a su contrincante hasta que alguien pronunciara su nombre tres veces consecutivas. Juegos de niñ@s. Me consta que ahora la palabra clave es "chispas". Así que cuando ahora digo al unísono lo mismo que otra persona pienso que ha ocurrido un filipinas (sí, con minúscula) o un chispas, pero esta vez por suerte o por desgracia con según quién coincida, sin el poder del "mute". 

sábado, 22 de agosto de 2020

Necrológica de un melón

 Avanza el verano y prácticamente cada semana cuando alguien del pueblo fallece, es costumbre en esta localidad costera que  el coche (supongo que del consistorio) con altavoces haga la ronda por las calles de la zona de playa anunciando la necrológica de aquél hombre o aquella mujer, viudo, viuda o no, que vivía en tal calle y que era padre o madre de aquél, aquella, aquellos o aquellas hij@s (sudo tinta con el lenguaje inclusivo), indicando cuándo y dónde será el entierro. En mayor o menor medida cada uno acompañaremos en el sentimiento a sus familiares y amigos. 

Pero también hay que comer fruta en verano, y ¿cómo vamos a preparar ese plato de rabiosa actualidad que es el melón con jamón si no compramos melones? (Otro día ya trataremos el "de postre, pijama"). ¿Quién no ha oído esa dulce voz que declama susurrando por otros altavoces con una calidad de sonido que ya quisieran los "Beats by Dre" aquello de "¡Vengan mis parroquianas! ¡Tres melones, cinco euros!"... Así en bucle hasta que se agoten los melones. Que por cierto se ve que lo de comprar melones es sólo cuestión de mujeres, a los parroquianos ni se nos menciona.

Hete aquí el momento épico de cada verano que a mí me recuerda a alguna procesión del silencio de la Semana Santa: 30 grados a la sombra, 12 de la mañana, en una calle con dos sentidos de circulación giran a la vez, uno en cada sentido y desde esquinas opuestas, el coche consistorial (que no fúnebre) y la furgoneta repleta de melones. Cada cual con sus correspondientes decibelios, y ambos convocando a la gente para ir a la parroquia. Y aquí se produce la magia, igual que un día al año sucede en Stonehenge o en el Miguelete. Los dos vehículos bajan el volumen de sus equipos de megafonía en señal de mutuo respeto. No hay enfrentamiento por la religión, sólo concordia y consideración hacia la otra confesión. 

Oigo el rachear de sus neumáticos por el tórrido asfalto, se palpa en el aire ese halo de lo espiritual. Los faros se miran de reojo y agachan la vista, los unos avergonzados de no respetar el dolor ajeno, los otros por no dejar que las parroquianas sean sabedoras de las suculentas ofertas. 

Se cruzan a mitad de la calle, los retrovisores prácticamente rozan, se miran alejarse, los costaleros al volante aceleran el paso imperceptiblemente para alcanzar la distancia adecuada. Y cuando ese momento llega: "¡¡Al cielo con ella!!". Suben de nuevo las notas necrológicas y las melonías encadenadas. 

Todo vuelve a ser normal.