El otro día salimos a comer y aunque no es una costumbre que practiquemos mucho, siempre nos viene bien por aquello de cambiar de aires, de sabores y ver caras nuevas. Pedimos un par de platos de aperitivo y luego la consiguiente paella para llenar el buche en un domingo frío y soleado.
En el impasse entre los aperitivos y el arroz estábamos cuando mi mujer cayó en el detalle de que en la mesa de al lado el pan lo sirvieron prácticamente al final de la comida. ¿Qué relevancia puede tener esto? os preguntaréis, pues la tiene...y mucha.
Con el estómago lleno y la mente casi en blanco tras el festín es fácil distraer al comensal a la hora de presentarle "la dolorosa". Esa fue la maniobra que quiso perpetrar el ejecutor de la lista de cargos en la que el primer proyectil eran tantas raciones de pan como de paella había; pero hete aquí que al mando de los billetes estaba ella, contando y recontando las unidades en las filas del parné y que atenta como nadie había captado que el pan, cobrado a precio de oro, era un condimento para redondear la cuenta.
¿Que por qué me sorprendo, me indigno y admiro a la vez? Me sorprendo porque no vimos siquiera migas de pan en la mesa, me indigno por la mala fe del restaurante y la admiro porque fue capaz con su característica perspicacia de intuir que pretendían engañarnos.
Así pasa en cada compra semanal, donde se revisa cada lista. No porque sea más caro o más barato, sino porque nos cobren lo que compramos, lo que realmente consumimos.
Esto lo he aprendido de ella.
Y bien, ¿hemos pedido que revisen las cuentas los políticos? Llevan cobrándonos un pan que ni olemos hace ya lustros, y si acaso catamos uno es de masa congelada. Nos llenan el estómago de aperitivos que nos hinchan y nos "cuelan" el pan cada día. En la tasa TAMER, sin ir más lejos.
Allí nos revisaron la cuenta y pagamos por lo que comimos, ni más ni menos. Y aquí, ¿quién revisa la cuenta?
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