Se me revuelven las tripas al pensar si la muerte de tres personas tras sufrir una indigestión por comer alimentos caducados puede ser responsabilidad mía. Mirar hacia otro lado y pensar que porque han fallecido lejos de mi casa a mí no me puede pasar sería cínico, hipócrita y arriesgado.
Pero lo gordo no es que yo no tenga la culpa, lo grave es que quien tiene la mayor parte de culpa no se dignará a sentarse y pensar qué es lo que está haciendo mal; no se plantará con dos cojones (y perdonen ustedes la expresión) delante de quién haga falta para decir que hasta aquí hemos llegado, que o mi gente come o mi gente come. Que no envíen hombres de negro, que no envíen troikas, que lo que necesitamos es trabajo y comida. Que aquellos que robaron por encima de sus posibilidades deberían estar ayudando en un banco de alimentos y a última hora, cuando ya se cierre el banco, que se pongan en la cola y ya veremos si al día siguiente les damos de comer.
En lugar de cercar literalmente su política poltrona (véase en su acepción 1 del diccionario de la RAE), su púlpito de oro debería estar situado en la mayor plaza mayor del país; un lugar en el que pudieran sentir la auténtica agorafobia y en el que todos y cada uno de nosotros pudiéramos someterlos a escarnio público.
El político debe estar a nuestro servicio.
Tengo la firme voluntad de querer que esto cambie. Aunque a ti amigo/amiga te hago con la suficiente capacidad intelectual para saber lo que yo ya cuento, lo reflejo por escrito porque si alguien no se ha enterado de lo que está pasando hace mucho tiempo, igual puede abrir un poco los ojos y tendremos a uno más en el barco para enderezar el rumbo hacia una sociedad "normal", pero si los que nos gobiernan no son normales...
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