A un amigo:
Nunca el contacto fue lo suficientemente intenso como para sin tapujo alguno decir que me pareces mucho más inteligente que la media y que das buena prueba de ello cada día.
A las personas las moldea su entorno, el tiempo y en algunos casos, ella. La enemiga.
Entiendo tus inquietudes y tus ganas de contar, de describir, de intentar ayudar a que no vuelva a pasarle a nadie. Comprendo que es difícil. He sufrido de cerca vivir difícil.
A una enemiga:
Entraste sin permiso y dejaste una secuela que seguramente no se borre nunca. Te fuiste, gracias. Te fuiste después de haber arrasado todo un campo en flor, a punto de dar su cosecha. Por suerte ese campo, como muchos otros, se levantaron a base de esfuerzo propio y ajeno. De fertilizante y de agua milagrosa.
Todo ello tuvo un coste, algo que sólo tú sabes valorar. Un coste que para ti es alimento y para el resto de la humanidad es desesperación.
Lucho cada día para que tu presencia no moleste a los míos, a ninguno si quiera en tu forma más débil. Lucho para ser fuertes, ya que tú -Enemiga- aprovechas cualquier punto débil para instalarte plácidamente.
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