¿Qué tienen en común las palabras y las piedras? Podría parecer que en principio, nada. Pero si nos paramos a pensar, sólo un poco por si acaso nos patina el embrague, vemos que con ambas se pueden construir columnas. Evidentemente cada columna se consigue con un tipo de trabajo totalmente diferente, y aunque ambos despiertan mi admiración me decantaré por las columnas que no nacen de la arquitectura.
Desde que empecé a escribir me di cuenta de que cuesta mucho plasmar en palabras y de una manera decente las ideas que circulan por esa red de carreteras que es nuestro cerebro. Cuando se te ocurre la idea no tienes nada a mano para apuntarla; cuando tienes algún utensilio para escribir, no hay retenciones de ideas.
Pienso en esos trabajadores que día a día tienen que aportar su columna a uno o más diarios y que llevan toda la vida haciéndolo. Es difícil no caer en el mismo tema una y otra vez cuando se escribe a menudo. Es complicado no aburrir al lector con aportaciones intrascendentes y aburridas.
No me gustan las parrafadas en las que un/a escritor/a se inventa que le ha pasado una historia y no detalla conclusiones, ni desprende sentimiento ya sea de placer o de odio.
Veo a esta gente como inventores frustrados que buscan constantemente ideas en otros textos (inventos ya patentados) la manera de parir su creación sin copiar lo que ya ha visto anteriormente y de manera que sea útil para el resto de la humanidad, o al menos unos pocos. Esa lucha constante me fascina. El poder de crear desde la nada y hacer pensar al resto. Mención aparte merece quien quiere hacer pensar al resto como él piensa mediante sucios trucos de palabras, véase demagogia.
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